La tierra ignota

27 Julio, 2012. Archivado en categoría:

Por Fernando Ramírez Morales, fernandoramirezmorales@yahoo.com

En el siglo XVI los atrevidos conquistadores españoles fueron rendidos por este territorio agreste. En febrero de 1558 los hombres enviados por el capitán García Hurtado de Mendoza llegaban, tras una marcha de meses, a un punto cercano a Reloncaví. El viaje se realizó por bosques tupidos, debiendo sortear ríos amplios y caudalosos, haciendo y rehaciendo los senderos que a punta de machete iban horadando en la selva.

Cuando creyeron que sus tribulaciones habían llegado a su fin, sólo encontraron un paisaje aún más salvaje. Alonso Ercilla recoge los relatos de los sobrevivientes de la expedición y canta:

“Así por mil peligros y derrotas/ golfos profundos, mares no surcados, hasta las partes últimas ignotas…/ Nunca con tanto estorbo a los humanos/ Quiso impedir el paso la natura/ Y que así de los cielos soberanos./ Los árboles midiesen el altura;/ Ni entre tantos peñascos y pantanos./ Mezclo tanta maleza y espesura/ Como en este camino defendido de zarzas, breñas y árboles tejido”.

Aquellas tribulaciones parecieron suficientes y los españoles desdeñaron el proyecto de una conquista permanente de Chiloé Continental. Motivos de esta deserción fueron –además de lo difícil del terreno- la inexistencia de minerales preciosos, la escasa y dispersa población indígena y la concentración del esfuerzo en la dominación de la Isla Grande de Chiloé por su importancia estratégica para frenar las incursiones de corsarios y piratas ingleses y holandeses. En el archipiélago pudieron, además, encomendar a ingente cantidad de veliches, cuncos y chonos, que se tenían por más dóciles, para trabajar que las ariscas poblaciones de Arauco. No hubo fundación de fuertes ni villas en Chiloé Continental.

El alzamiento indígena de 1598  provocó  el despoblamiento de  las ciudades y fuertes al sur del río Biobío. Algunos años después la situación se complicó aún más con la captura de Osorno, último bastión español en la región continental. La lastimosa migración de los sobrevivientes culminó en 1603 con la fundación de Calbuco.

Durante la época colonial, el aislamiento favoreció la percepción de Chiloé Continental como una tierra ignota y se prestó para la expansión del delirio imaginativo. Las murallas verdes y aparentemente impenetrables de los valles en los profundos fiordos, los vientos tronadores, los glaciares que se desprendían de las montañas, esos canales que parecen detenidos en el tiempo, constituyeron un escenario propicio para la revitalización de la leyenda sobre la Ciudad de los Césares.

Los relatos de los españoles que recorrían en pequeñas embarcaciones el Comau, en noches estrelladas, escuchando estampidos lejanos que confundían con salvas de cañón de los habitantes de la Ciudad, fueron alimentando el mito que se amplificaba en la transmisión oral. No parecían dispuestos a creer que el ruido provenía de los desprendimientos en masa de rocas sobre los ríos.

La soledad y el silencio alimentaban la imaginación. Entre los siglos XVII y XVIII desde la isla de Chiloé salieron varias expediciones a buscarla y aunque nunca dieron ni con el más mínimo rastro de un poblamiento español en esas latitudes, dejaron como legado descripciones y planos de los confines de estas cordilleras.

A pesar del poco interés por poblar estas estribaciones andinas, tempranamente este territorio despertó  el interés económico hispano. La puerta natural de entrada a Chiloé Continental fue Contao, una gran explanada que en aquella época estaba cubierta por densos bosques de alerce. Hacia 1641 se iniciaron las primeras expediciones en busca de madera y para 1663 casi la mitad de la población de Calbuco estaba vinculada a los cortes de tablas.

Para estos pobladores, descubrir el alerce fue equivalente a encontrar oro, un oro verde que se convirtió en la principal producción que Chiloé Continental entregaría a los españoles.

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