Un largo recorrido

6 Diciembre, 2009. Archivado en categoría:

La antigua Escuela Nº 50 (actual Antupirén). Foto: Gentileza Andrés Miguel McDonald.

Muchos quisieran olvidar aquellas interminables travesías por el barro, el agua y a veces la nieve para llegar a la escuela, pero no pueden. Quedaron grabadas en la memoria de todos quienes las hicieron como algo que era parte de su vida cotidiana, aunque ahora se vea como algo tan lejano y sacrificado.

No era mucho lo que alcanzaban a estudiar, porque las primeras escuelas tenían sólo hasta tercer o cuarto año de primaria (la enseñanza básica de esos años). Y aunque hubiera habido más cursos, de todas formas los pequeños de ese entonces por lo general abandonaban la escuela a corta edad para ayudar a sus padres en el trabajo de la madera u otros quehaceres o a sus madres en las labores del hogar. Eran muy pocas las familias que tenían la posibilidad de enviar a sus hijos a estudiar a Puerto Montt u otras ciudades.

En la costa

“Había una escuela única en Hualaihué Estero, ubicada en el mismo lugar que la actual. A esa iban niños de El Manzano, El Varal y hasta de Río Negro, Cholgo y Llanchid. Con una sola profesora pero muy buena… éramos como 120 alumnos”, evoca Carlos Vargas, conocido constructor de embarcaciones y casas que nació en 1920 en Hualaihué Estero.

Llegó hasta cuarto primario, porque las casas de su familia se quemaron y “hubo que empezar a trabajar”. “Mi padre y mis hermanos mayores trabajaban en la madera, la llevaban a Chiloé y a Puerto Montt, y en la pesca también. Teníamos materiales, hartas redes, a veces ahumábamos hasta 2.000 kilos de róbalo para llevarlos a Puerto Montt en veleras”.

Muelle que quedaba cerca de la Escuela Nº 50 en Hornopirén (1980). Foto: Gentileza Andrés Miguel McDonald.

El querido y recordado Armando Hernández de Hualaihué Puerto fue a la misma escuela: “Íbamos a pata pelada porque había que pasar por el río, si la marea estaba alta mi papá nos pasaba con caballos, era harto sufrido. En esos años en esta parte estaba el centro de la comuna, por ejemplo en Hualaihué Estero estaba el único retén de Carabineros (a partir de 1936) y el Registro Civil (fundado en 1917), así que venían de Río Negro, Contao, Puelche, Queullín y Rolecha  a votar aquí, en lanchas, botes, a caballo, eso cuando la comuna todavía no se formaba”.

“Yo considero que tuve una infancia sacrificada, hasta los doce años recién coloqué calzado, pero a pesar de eso fue una linda niñez y adolescencia, uno se crecía con sus padres, que eran humildes pero que ahí estaban siempre con su cariño, crecimos pobres pero nunca nos faltó el pan”, dice Recaredo Barría, alcalde de mar de Hualaihué Puerto, quien fue a la misma escuela “llena de goteras” y que varios años después, en el 67 más o menos, participó junto a otros de sus vecinos en la construcción de la actual Escuela Cataratas del Alerce de Hualaihué Puerto.

Cooperación que da frutos

Imposible reconstruir la historia de las escuelas de la comuna sin mencionar que la gran mayoría de ellas fueron el resultado de la organización y cooperación de vecinos, profesores y autoridades. En general los terrenos donde se emplazaron los donaba algún vecino y entre todos se conseguían los materiales para construirlas.

Tal fue el caso de la Escuela Nº 32 Mixta de Rolecha, edificada hacia 1966, aunque su origen se encuentra en 1927, cuando una casa albergaba a profesores ambulantes que visitaban la localidad por dos a tres meses y luego se iban. La de 1966 cambió de nombre a G-745 en 1981, tras lo cual se amplió en varias ocasiones, pero todo se quemó en un incendio en 1999, mismo año en que se construyó el edificio de la actual Escuela Semillero de Rolecha.

Selección de fútbol de la antigua Escuela Nº 50 (1974). Foto: Gentileza Andrés Miguel McDonald.

Entre las más antiguas se encuentran también la Escuela Rural Mañihueico (1937), la de Chaqueihua (1940), la de Cholgo (1943) -construida en un terreno donado por Juan Francisco Maldonado, hijo de quien descubrió esa localidad y padre de 11 hijos, entre los que se encuentra Adelaida Maldonado, actualmente de más de 100 años-, y la Escuela Nº 50 de Hornopirén (1938), el comienzo de la actual Antupirén.

Durante el Gobierno de Eduardo Frei Montalva se construyeron varias escuelas, destacando las de Chauchil (1967) y la de Quiaca (1968), entre otras.

Años sufridos

Olga Paillán Hueicha de 81 años, cuenta que asistió hasta tercer año primario (no había más cursos) a la primera Escuela Nº 50, que era una “mediagua” que había sido donada, junto con el terreno, por Gabriel Villarroel, descendiente de Domingo Villarroel, el antiguo poseedor de todo lo que hoy es Hornopirén.

Don Gabriel también había donado el terreno para fundar el cementerio hacia 1934. Más tarde la comunidad se organizó para construir una escuela más grande, con dos salas de clases, una oficina y un pasillo o hall grande. Tanto la más antigua como la que le siguió estaban emplazadas donde hoy está el Liceo Hornopirén, a un costado del antiguo retén de Carabineros, inaugurado en 1938.

“Bajábamos de a pie, bordeando el Río Negro, después tomábamos la ribera del mar, pero cuando subía la marea ya no podíamos pasar”, dice Olga Paillán. Añade que llegaban niños de Chaqueihua, La Arena y Cuchildeo y que a ella le hizo clases María Alister Rocha, la primera profesora que llegó a Hornopirén. “Después vino la señora Candelaria Subiabre y después Tránsito Sánchez, que jubiló acá”. Todas ellas vivieron en una casa contigua a la escuela.

Pilar Castro Villarroel, de la misma edad que Olga Paillán, relata que “nuestro crecer fue de mucho trabajo, teníamos que dejar lecheada en las mañanas 15 vacas, dejar leche separada en una maquinita para la mantequilla -porque mi padre hacía mantequilla, queso, además tenía un molino de harina y hacía hasta telar-, darle comida a los cerdos, y después sin desayuno montábamos a caballo y nos mandábamos a la escuela… Vivíamos donde hoy vive Tito Castro (su hermano de padre), en la rueda de agua, que está desde los tiempos de mi padre”.

María Alister Rocha, la primera profesora de la Escuela Nº 50 de Hornopirén. Foto: Gentileza Mario Fernández.

Para las generaciones posteriores, si bien la situación en algo cambió, siguió siendo precaria. Angélica Uribe, uno de los 15 hijos de Pilar Castro, describe que “íbamos a la escuela descalzo, a la de Chaqueihua, íbamos todos los hermanos junto a los vecinos. Nuestra profesora era la señora Alicia. Recuerdo que ella dejaba a un lado a los que no llevaban la tarea, les extendía las manos y pegaba con una vara. A los que eran zurdos les colocaba la mano atrás y los hacía escribir con la derecha”.

Agrega que “cuando nos levantábamos en las mañanas mi mami nos tenía una olla con leche calentita, pan calentito y un brasero debajo de la mesa para que no se nos enfriaran los pies. Yo no sé cómo alcanzaba a hacer todo lo de la casa con tantos hijos, pero a medida que fuimos creciendo la empezamos a ayudar. A cortar y entrar leña, hacer astillas, en la huerta, en la siembra de papas… Nunca fuimos a una fiesta a los 13 ó 14 años, nuestro máximo panorama era ir a caballo los domingos a Hornopirén por el día, pero antes teníamos que dejar todas las cosas hechas: la cama, el aseo, la leña, lavar la loza…”.

Angélica y otros de su generación se acuerdan de las muñecas de trapo que confeccionaban las niñas para jugar y de que antes, a pesar de la crudeza de la vida, las familias y los vecinos eran más unidos entre sí. Mirta Pérez Coñuecar, por ejemplo, dice que “como éramos 12 hermanos compartíamos harto, los más grandes trabajaban para ayudar en la casa y los más chicos hacíamos nuestros propios juguetes, no como ahora que los niños pasan todo el día en el computador y la tele… En esos años vivíamos a pura vela”.

“El progreso empezó como en el 85, con el camino y luego el primer bus que llegó a Chaqueihua. La luz llegó varios años después”, acota Angélica.

Elena Ruiz, quien en su infancia vivía camino al Parque Nacional Hornopirén, expresa que “salíamos como a las siete de la mañana para llegar a la Escuela de Chaqueihua. Estuve como tres años en sexto, pero no porque no aprendiera, sino para cuidar a mis hermanos que eran muy chicos para hacer ese camino solos. Además, la señora Alicia no tenía problema, porque le ayudaba a escribir los libros de asistencia”.

De la G-1165 de Chaqueihua a la G-748 de Hornopirén

En los años 70 comenzaron a llegar docentes que siguen trabajando hasta hoy en la comuna y que jamás imaginaron que en 40 años se iba a avanzar tanto en educación. Aunque reconocen que sin el apoyo de Osvaldo Oelckers, alcalde de Hualaihué entre 1980 y 1994, así como de la comunidad, eso no se hubiera logrado.

Es el caso de Mario Fernández, actual director de la Escuela Antupirén que llegó en el 73 a hacerse cargo de la entonces Escuela G- 1165 de Chaqueihua y de Raúl Vera, actual director del DAEM (Departamento Administrativo de Educación Municipal), quien llegó en el 76 a trabajar a la Nº 50 (actual Antupirén), que ya contaba con cuatro profesores.

“Cuando llegué Hornopirén era un campo, la nada misma, había menos de diez casas, había un caserío camino al Lago Cabrera y en Chaqueihua. Si bien había mucha pobreza en lo económico, había una gran riqueza espiritual. Por ejemplo, cuando se viajaba en las lanchas si alguien llevaba una tortilla se compartía entre todos, aunque no nos conociéramos”. Esa fue una de las primeras impresiones de la comuna que se llevó Mario Fernández.

Al fondo, el antiguo retén que pasó a formar parte de la Escuela Nº 50, 1979. Foto: Gentileza Andrés Miguel McDonald.

De Chaqueihua guarda “muy gratos” recuerdos: “Estuve hasta el 81. Los alumnos, que en esa época eran unos 67 (hoy son 19), y la comunidad fueron un gran apoyo para mí, porque me ayudaban en muchas situaciones, por ejemplo me ponían caballos a disposición cuando tenía que bajar, especialmente cuando venía mi familia a acompañarme”.

Uno de los principales logros de esos años fue la construcción de la actual escuela Cordillera Nevada de Chaqueihua, que comenzó hacia el 75:  “Con el presidente del centro de padres, Ramón Ruiz, hicimos las primeras gestiones a través de Caritas Chile. Conseguimos harina, aceite, manteca y a cambio de eso conseguimos la madera con la misma gente de Chaqueihua. La construcción de la escuela la pagamos de la misma forma, con mercadería. Todo fue muy bien controlado y distribuido, la comunidad fue muy cooperadora y respetuosa hacia el presidente”, detalla Mario Fernández.

Cuando en 1981 asumió como profesor encargado de la Escuela Antupirén, que en ese momento se llamaba G-748 (ex Nº 50), su primera medida fue crear el séptimo básico. “Consideraba que por lo menos Hornopirén ya tenía que tener la enseñanza básica completa. Una de mis preocupaciones es que a los niños los esperaba después de sexto la dura vida de tejuelero, mientras que muchas niñas emigraban a la ciudad a realizar labores domésticas”.

En 1982, mismo año en que la educación se municipalizó en todo Chile, se creó octavo básico. “En ese momento empezamos con un proceso de transformación muy rápido, en el 83 nos embarcamos con primero y segundo medio, que era muy importante porque hasta entonces teníamos a algunos alumnos cursando la educación media en Chaitén. También empezamos con el internado, algo esencial porque en La Arena había niños que llevaban años sin estudio”.

Anteriormente, el recordado profesor Andrés Miguel McDonald había implementado un primer internado con el apoyo de padres y apoderados y Caritas Chile. Este, de acuerdo a los registros municipales, funcionó desde 1966 hasta avanzada la década del 70.
Raúl Vera afirma que este internado “no era reconocido por el Estado y no recibía ningún tipo de subvención. Era una dependencia en el entretecho de la escuela que estaba en pésimas condiciones y albergaba a algunos niños de lugares como La Arena y Chaiguaco, los niños Ruiz, los Peranchiguay, los hijos de Gaspar Bohle Pröschle, y otros… Dormían en literas de madera que eran unas tablas que se desarmaban solas, con colchones de paja y con puras frazadas, sin sábanas, no había baños ni servicios higiénicos… Los alimentos los donaban Caritas Chile, JUNAEB y algunas instituciones relacionadas con la iglesia: tarros de aceite, carne disecada, sal, harina, leche, harina tostada, arroz, casi nada de comida fresca”.

El nuevo internado

Profesores de la G-748 (ex Nº 50 y actual Antupirén) hacia 1985. Foto: Gentileza Mario Fernández.

“Había dos casas a la altura de lo que hoy son las cabañas de Multiexport que estaban destinadas para Carabineros y que habían sido construidas por la misma comunidad. Cuando Osvaldo Oelckers me planteó el desafío del nuevo internado hacia 1982 rápidamente nos pusimos a hacer las gestiones y movimos esas casas con una minga. Se le pagó a la gente con el PEM y el POHJ (los planes de absorción de la cesantía ideados por Pinochet en los 80) y Carlos Burnes fue el capataz de la minga. Las pusieron a la altura de donde está el liceo, donde quedaba la escuela básica. Después las arreglamos y dejamos una casa para el internado de niñas y una para el internado de varones”, narra Mario Fernández.

Comenzaron a llegar cada vez más niños de El Manzano, Chauchil, Hualaihué, Chaqueihua y otros lugares a cursar séptimo y octavo y posteriormente la de enseñanza media.

Claro que las comodidades tampoco eran muchas. “Como vivíamos en Chaqueihua, desde séptimo estuvimos internados. Era sacrificado, las comidas eran malas, teníamos poca ropa, nos duchábamos con agua fría y a veces nos bañábamos en el río porque los baños eran chicos. Los domingos mi papá nos iba a dejar en camión -en ese tiempo, como el 87, el camino ya llegaba a Chaqueihua- y el viernes nos iban a buscar o nos íbamos a pie en grupo con unas compañeras. Pero teníamos que llegar a la casa a lavar ropa, escobillarla y enjuagarla en el río… Era una vida totalmente distinta… El internado era precario pero uno se adaptaba y lo encontraba bueno dentro de las posibilidades que tenía”, relata Nery Castro Pérez, quien maneja junto a Hardy García Bohle la Oficina de Correos de Hornopirén.

La enseñanza media

A medida que los alumnos avanzaban en sus estudios se fue creando tercero y cuarto medio y la enseñanza media se consolidó. Arribaron nuevos profesores como Susana Billik, María Mercedes Soto, Mario Olivos, Jaime Vásquez, Robertino Hotsch y Freddy Ibacache, actual alcalde de Hualaihué, quien llegó hacia el 85 como inspector general y profesor de filosofía para los terceros y cuartos medios.

Alumnos de la Escuela Nº visitando el Diario El Llanquihue en Puerto Montt. Foto: Gentileza Andrés Miguel McDonald.

“Mi generación fue la primera en egresar de cuarto medio del liceo. Yo hice séptimo y octavo en Puerto Montt, primero medio en Chaitén, y cuando pasé a segundo ya se podía continuar en Hornopirén. Al mismo tiempo crecía el internado y se iban haciendo salas nuevas”, se acuerda Hardy García.

La Escuela Nº 50, ahora con enseñanza media, pasó a llamarse Colegio Hornopirén y continuó bajo la dirección de Mario Fernández, pero una vez egresadas las primeras generaciones de cuarto medio las enseñanzas básica y media se separaron, naciendo así el Liceo B-46 y la Escuela Antupirén. Mario Fernández se quedó a cargo de esta última y al poco tiempo Freddy Ibacache pasó a ser el director del B-46, hoy Liceo Hornopirén. Varios años después, en 1996, se comenzó con la Educación Media Técnico Profesional en el Liceo Hornopirén.

Además, entre el 90 y el 91, se creó el kinder y prekinder de la Escuela Antupirén, la que en la actualidad también cuenta con el Proyecto de Integración para atender a niños con discapacidades.

Actividades extraescolares

Durante la década del 80 se le dio gran importancia al deporte. “Con Osvaldo Oelckers organizamos campeonatos regionales e interregionales de tenis de mesa. Fuimos campeones regionales con nuestros niños, hacíamos intercomunales e íbamos en lancha con nuestros deportistas, con colchonetas y frazadas para dormir. Una vez, como en el 82, fuimos a Rolecha en lancha, una bien lenta. Nos tocó temporal y tuvimos que esperar como un día, en la lancha, que pasara la tormenta, todos mareados… Pero todo se hacía con mucho  cariño, esa mística que con el tiempo se ha perdido un poco”, reflexiona Raúl Vera. Hacia 1985 se construyó el Gimnasio Municipal.

En el más absoluto aislamiento

Raúl Vera junto a alumnos de la G-748 (ex Nº 50, actual Antupirén). Foto: Gentileza Raúl Vera.

“Le guardo un respeto muy grande a los profesores de esta comuna porque realmente marcaron la historia de este lugar. Entregaron tanto y muchos se quedaron, aunque otros no aguantaron el desafío. Llegamos los que realmente teníamos más ganas de hacer cosas”, opina Mario Fernández.

Especial mención merecen aquellos profesores que estuvieron a cargo de las escuelas más alejadas dentro de la aislada comuna de Hualaihué, como por ejemplo la Escuela de Huinay, en el Fiordo de Comau.

“Llegué desde Puerto Montt en septiembre del 79, a trabajar a la G- 739 de Huinay, en reemplazo de María Covasich, la profesora encargada en ese entonces”, cuenta Estela Vallejos, quien trabajó tres años en esa escuela y que hoy, al igual que María Covasich, pertenece a la planta docente de la Escuela Antupirén.

Agrega que “había aproximadamente unos 20 alumnos cuando llegué, con un internado que funcionaba con la ayuda de Caritas Chile y de los apoderados. Para fortuna en el 79 se creó la comuna y en el 80 el alcalde vio que las condiciones del internado eran precarias, entonces se eliminó para iniciarse el internado de Hornopirén como correspondía. El 80 tuve como diez alumnos, el 81 me quedé con cuatro y los traté de mantener porque si no al año siguiente me iba a quedar con un sólo alumno, entonces a tres alumnas del sector de Letepu las tuve en mi casa, manteniéndolas con mis medios y con algo de ayuda de sus padres”.

En el año 83 pidió traslado a alguna escuela menos aislada y llegó a Lleguimán, donde trabajó hasta 1991 con Jaime Sotomayor -quien actualmente sigue a cargo de esta escuela y además es concejal- y Berti Saldivia, su actual marido. Si bien las condiciones de acceso eran mejores que en el Fiordo de Comau, no dejaba de ser complejo vivir ahí.

“La lancha pasaba una vez a la semana para ir a Puerto Montt y a Hornopirén, si no había que conseguirse lanchas a motor o incluso veleras… Después, cuando se terminó la Carretera Austral hacia el 84, el camino llegaba hasta El Varal, así que teníamos que ir caminando por una huella hasta allá. Eran como cuatro horas de caminata, que hacíamos con mi marido y mis dos hijas chicas, era toda una odisea, teníamos que pedir que nos ayudaran cuando íbamos con bolsos. La otra opción era ir en lancha hasta Hualaihué Estero y de ahí caminar hasta el camino”, se acuerda Estela.

René Miguel junto a su padre adoptivo Andrés Miguel McDonald. Al fondo, el antiguo policlínico. Foto: Gentileza Andrés Miguel McDonald.

Añade que “había un sólo local comercial aquí, entonces para alimentarse había que mariscar, pescar, tener invernadero, y cada dos meses viajábamos a hacer las compras y mandábamos por lancha nuestra mercadería… hasta a ser peluqueros aprendimos”.
En Lleguimán los mismos profesores, con la ayuda de los padres, construyeron una tercera sala de clases para que cada profesor tuviera su propia sala y pudieran atender mejor a los cerca de 90 alumnos que tenía esa escuela, los que hoy ascienden a 23.

Crecimiento del DAEM

“Cuando en 1976 llegué a la Escuela Nº 50 de Río Negro Caleta Hornopirén, que tenía dos salas de clases, habilitamos el retén que estaba a un costado y que había sido abandonado por Carabineros en 1973 para contar con más salas de clases. Luego pasó a llamarse G-748. En ese tiempo las letras indicaban la cantidad de alumnos, las G tenían menos de 200 ó 250 alumnos y las F sobre esa cantidad”, explica Raúl Vera, quien en 1993 asumió como director del DAEM de Hualaihué.

Añade que “en el 76 había dos escuelas con más de 200 alumnos, la F- 730 de Contao y la F- 750 de Aulen. La más grande era la de Contao, después venía la de Aulen y después nosotros, con cerca de 100 alumnos. Eso ha cambiado mucho porque actualmente la Antupirén, con más de 500 alumnos, supera con creces a todas las demás escuelas, en las que por lo general ha ido bajando la matrícula. Cuando llegué estaban las escuelas de Mañihueico, La Poza, Quildaco, Rolecha, Chauchil, Lleguimán, Hualaihué Puerto y Estero, El Manzano, Llanchid, Pichicolo, Chaqueihua, Cholgo, Quiaca y Huinay”.

Cuando asumió como director del DAEM entraron en conversaciones con el CMT por el campamento que esta institución tenía en El Varal y que estaba abandonado desde que se habían finalizado los trabajos de la Carretera Austral. Así fue como el CMT donó este edificio, que actualmente es la Escuela El Varal y que significó un gran cambio para esos niños que debían caminar cerca de dos horas para llegar a la escuela de Hualaihué Estero (Valle Hermoso).

Mario Fernández junto a alumnos de la G-748, ex Nº 50 y actual Antupirén, hacia 1995. Foto: Gentileza Mario Fernández.

Otra de las últimas escuelas en crearse fue la de Puerto Bonito. “Como en el 94, en pleno boom de la merluza, pasamos por Puerto Bonito y nos percatamos de que había como 18 niños, hijos de la población flotante, que no estaban yendo al colegio, entonces decidimos levantar esa escuela. Un señor de apellido Leutún donó el terreno y construimos una escuela tipo como la de Quiaca y Quildaco Bajo. Después la gente se fue yendo y la matrícula bajó, incluso un año cerramos esa escuela, que hoy tiene una alumna”.

Actualmente el DAEM administra 22 establecimientos, dos de los cuales cuentan con enseñanza media e internado, la Escuela Mauricio Hitchcock de Contao y el Liceo Hornopirén. Se suman a estos establecimientos las escuelas particulares subvencionadas Los Halcones de Puntilla Pichicolo, 252 de Aulen y Sagrada Familia de Hornopirén, que empezó a funcionar en el 2007.

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