Del bosque al mar: Los maestros de ribera de Hualaihué

27 Marzo, 2012. Archivado en categoría:

Por Marco Tamayo Quilodrán, antropólogo, mantrarko@gmail.com

Jaime Gallardo, de Mañihueico, junto a la última lancha chilota de su factura, la que pretende botar al mar en abril.

Para nadie es un misterio la importancia histórica que han tenido los diferentes tipos de embarcaciones en la conquista del territorio costero regional, y en particular, para el poblamiento y vida en Hualaihué. En cada relato pronunciado por ancianos/as y adultos se recuerdan lanchas y barcos, que otrora eran fundamentales para el transporte, la comunicación y el comercio.

En la actualidad es posible encontrar decenas de astilleros en cada poblado del territorio, generaciones de familias dedicadas al arte de la construcción de ribera. La fama que tienen los maestros de ribera de Hualaihué es producto de una rica tradición que han cultivado por años. Antes, llevando tejuelas y basas de alerce a Calbuco, Chiloé y Puerto Montt. Hoy, elaborando grandes naves de uso pesquero artesanal.

La historia del oficio tiene sus raíces en el cruce de dos culturas: la indígena y la europea. Este sistema de trabajo sintetiza fielmente el rostro del mestizaje. De manera resumida, se puede decir que entre fines del siglo XVIII y mediados del siglo XIX, los carpinteros naturales chilotes, muchos de ellos de sangre williche, se apropiaran del modo de hacer lanchas de estilo europeo, con piezas estructurales de quilla, codaste, roda y espejo.

José Mautor y José Froilán Mautor, del sector de Mañihueico. Foto: José Godoy.

Cambiaron la piedra, el fuego y la concha por herramientas de hachas, escoplo y otras como azaleas con uso de hierro. Los nuevos lanchones españoles no se posicionaron como un invento que cambió la noción completa de construir embarcaciones. Siendo la influencia europea fundamental para el aumento del tamaño y la introducción de mejoras para la navegación, el saber indígena relacionado con el conocimiento de las características de las maderas, su obtención y la simplificación de estructuras, aportó en la esencia del aprendizaje de la construcción.

Si bien los sistemas prehispánicos como dalcas desaparecieron, podría plantearse que existe una herencia que no desapareció del todo con el desuso de aquellos sistemas. La conexión entre la carpintería actual y la forma antigua, la indígena, se basa en la transmisión de conocimientos a través de la oralidad, la observación, la imitación y la memoria.

Estos elementos propios del mundo popular e indígena son los que se han heredado, otorgándole la connotación tradicional al oficio. Cambian los tipos de naves y las tecnologías, pero hacer embarcaciones se sostiene sobre un sistema de aprendizaje propio de la cultura chilota, apegado a la tradición oral, que va manteniéndose de generación en generación. Sobre esta identidad marinera se sostiene la construcción de lanchas en las costas continentales de Hualaihué, donde quedan algunos de los últimos constructores de lanchas chilotas y una enorme cantidad de maestros de ribera. Ellos, con su trabajo, simbolizan la cultura regional, aportando a la idea de una identidad cultural.

Ni libros, ni aulas

Rolando Velásquez, de Estero Muy, Quildaco. Foto: José Godoy.

Sobre la transmisión de conocimientos y el cómo se aprende el oficio se puede decir en primera instancia que se aleja de todo sentido formal de educación. Aquí no hay libros, no hay aulas, ni profesores como tal. Es el imaginario integrador, observador e ingenioso el que guió a los chilotes que poblaron Hualaihué a desarrollar una prolífica carpintería de ribera. Una carpintería de saberes memorizados, difundidos oralmente, transmitidos de generación en generación, rasgos de una identidad indígena.

El de los maestros de ribera es un saber transmitido de padre a hijo. Cuando se fabricaban prósperamente las veleras, 30 años atrás, las condiciones de aislamiento y distancias entre casas eran mayores, lo que producía un contexto donde la familia se constituía como la unidad social más importante. Para la titánica tarea de levantar 8 y más metros de eslora se requería de brazos compañeros, siendo los familiares y, por sobre todo los hijos, los responsables de ayudar al maestro con el trozado de madera y la confección de la misma. Asimismo, los lazos entre vecinos se potenciaban en la cooperación o mingas para las diversas tareas, como ir al monte, bajar la madera, aserrar, armado y bota de la embarcación al mar.

Pero no siempre de padre a hijo se forma un maestro de ribera. La relación de enseñanza-trabajo entre vecinos y familiares (no necesariamente el padre) ha sostenido por mucho tiempo la reproducción del oficio.

Cuando entra en juego el motor por allá por los años 60, y aparecen más talleres en la zona, surgieron mayores posibilidades de trabajar y aprender en un taller, ayudando de buena voluntad o recibiendo dinero por el trabajo.

Rigo Uribe, conocido maestro de ribera de La Poza.

Así lo relata un connotado maestro de La Poza, Rigo Uribe: “Bueno, yo aprendí súper joven, como de los veinte años más o menos… Como no había posibilidades de estudiar y con esta profesión se gana más que como obrero, me allegué a los maestros así como ayudante y ahí aprendí, le puse interés y aprendí”.

El maestro cumplía una función de evaluador del trabajo de quienes lo miraban e imitaban. En este sentido, la imitación es el primer paso que dan los aprendices para ingresar al oficio de hacer lanchas y botes. Es importante señalar que, además de los mecanismos orales de la palabra, el aprender mirando y percibiendo complementa la esencia de la formación.

“El oficio lo aprendí mirando, no porque me haya enseñado alguien, nadie me tomó las manos y me dijo esto es así y esto es asá”, cuenta José Aquiles Mancilla, de Quildaco Bajo. “Mi papá trabajaba en botes, así que después yo también empecé a formar el mío, ya no me quedaba mucha duda de cómo lo iba a hacer porque por último lo estaba mirando y yo estaba haciendo el mío”, dice José Uribe, de Pichicolo.

Walter Soto, maestro de Hualaihué Puerto. Foto: José Godoy.

Mirando y observando, el principiante adquiere sus habilidades para su posterior conversión en maestro. Si miramos la carpintería de ribera desde la óptica del proceso enseñanza-aprendizaje, encontramos que el oficio no se vincula tanto a enseñanzas entre maestros y aprendices, sino que más bien los aprendices aprenden haciendo y mirando, bajo la dirección de una voz lejana a un profesor. Oriol Vargas, de La Poza, es un maestro que albergó en su taller a muchos ayudantes. “Ellos miraban nomás. Yo los iba dirigiendo. Así como dirigí a mis hijos, dirigí también a los maestros que llegaban a trabajar conmigo”, recuerda.

Jugando al barco

Antes de ingresar a los astilleros, muchos maestros se acercan a la madera, flotabilidad y confección siendo pequeños. Los maestros recuerdan que su primera experiencia con la carpintería de ribera fue haciendo juguetes de madera, entre ellos, los barquitos que echaban al mar y riachuelos para verlos navegar. Así lo expresa un antiguo maestro de Mañihueico, Juan Bautista Vargas: “Hice unos barquitos de madera, bien velera bien arregladitas, pucha que daba gusto andar jugando, en las pozas por ahí con viento fuerte, todos los cabros de la edad teníamos, uno le decía el barco, vamos a jugar al barco, tiempo bonito con surazo y era la montonera de agua y barquitos, ahí fui aprendiendo yo…”.

Antes de que sus vidas de niños fueran llevadas al mundo de las responsabilidades y deberes con la casa y el trabajo, podemos inferir con claridad que existía un vínculo con la madera y las embarcaciones. Esta etapa la identificamos como un tiempo experimental en el cual se dan los primeros pasos. Tiempo de vida donde los maestros descubren sus habilidades, tiempo del contacto con la savia de la madera imaginándola flotar y volar por las olas. Es el tiempo del ensayo y el error, donde echan mano al “ingenio natural” para levantar sus primeras lanchas. Así lo experimentó José Uribe: “Yo empecé a trabajar de muy chico, cuando era un niño hacía barquitos de madera no más, buscaba palos podridos, o sea, hay unos palos que se pudren y quedan como enteritos, entonces yo esos los dibujaba. Después ya los empecé a hacer de madera buena, de madera firme, como juguetes claro”.

Un continuo e infinito aprendizaje

Ricardo Vargas, de La Poza. Foto: Marco Tamayo.

Algunos de los maestros crearon sus primeros botes en su juventud, en una etapa de transición basada en la imitación. Es aquí donde, de manera gradual y autodidacta, generan una aguda capacidad de observación y memorización de las piezas, técnicas y tipos de embarcaciones, que luego reproducen con su propio talento. Así lo describe Jaime Gallardo, un connotado maestro de lanchas chilotas de Mañihueico: “Tanto fue así como mirando y viviendo en estas embarcaciones, que era el medio de transporte que uno tenía para movilizarse, navegando, después reparando, viendo como se construían”.

La primera lancha evoca el rito inicial del constructor, la culminación material de un proceso de observación e imitación. Simboliza el paso o transición que hace un niño o joven ayudante hacia el adulto, constructor capaz de realizar botes y lanchas para otros. Ya no sólo para sus requerimientos propios o familiares, ahora el incipiente constructor tiene un compromiso de trabajo con personas que demandan sus lanchas. Genera un vínculo entre él, su oficio y la sociedad.

Levantar su primer bote a su manera es símbolo de una nueva etapa de vida. Lo que implica ser un maestro, se consagra en una tercera etapa de maduración donde el constructor se perfecciona en las técnicas y las artes de la construcción naval. Para algunos de los grandes maestros de Hualaihué, esta etapa se completa con la experiencia de trabajar en otros astilleros de Chile y Argentina. Es durante este perfeccionamiento que transcurre buena parte de su vida.

José Mautor, de Mañihueico. Foto: José Godoy.

Los testimonios de los maestros describen que su trabajo ha sido un constante aprendizaje de nuevas técnicas y experiencias que van plasmando en sus trabajos. Rigo Uribe explica que “uno se perfecciona, claro, es que en este trabajo uno nunca termina de aprender, siempre va sabiendo más cosas, hay que tratar de trabajar mejor cada vez…”. Incluso, adquieren conocimientos más técnicos en base a planos, como lo expresa Rolando Velásquez, de Quildaco: “En los astilleros se aprende un poco más de lo que uno sabe, por ejemplo, ahí en los astilleros se ven los planos, y ahí uno va viendo cuál es la maqueta y en ese tiempo uno va tomado las medidas y aprende a desarrollar los planos”.

Estos testimonios ejemplifican que el oficio es un continuo e infinito aprendizaje. La memoria termina siendo un baúl mental lleno de técnicas, medidas, figuras y experiencias vividas con la madera y su transformación en navíos.

En el futuro, la carpintería de ribera redefinirá sus patrones en cuanto a saberes, tecnologías y modelos, pero manteniendo una conexión con su historia asociada a la cultura de la madera y a la herencia indígena basada en las formas de aprendizaje.

Actualmente, la influencia de su trabajo se deja sentir en comunidades costeras donde la pesca constituye un rubro central. La construcción de lanchas y botes contrarresta la dinámica o lógica general de extracción de recursos forestales, pues a través de las embarcaciones se le da valor un agregado a la madera. Esto debiera ser un atributo al momento de pensar en el apoyo a este arte y oficio tan destacado que otorga un sello distintivo a Hualaihué.

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